JAVIER NOS AMO

Jueves, 22 noviembre, 2007

Javier nos quería a todos, nos adoraba, guardo un sitio en su corazón para cada uno de nosotros. Fue capaz de creer en cada uno, se enorgullecía de nosotros, con nuestras virtudes y nuestros defectos, él las aceptaba y las hacía parte de nuestro yo personal. Y no dudéis que se sintió correspondido. Todos le amamos inmensamente y él lo sabía. Siempre, siempre que se despedía por teléfono nos decía “te quiero”. Guardad ese te quiero en el corazón, que sea vuestra bandera para superar estos momentos, él nos amo y vivió sabiendo que todos y cada uno de nosotros le adorábamosSu voz ha callado, pero su corazón nos sigue hablandoOs quiero. Belén


ENFERMEDAD

Domingo, 14 octubre, 2007

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Desahogandome

Domingo, 29 abril, 2007

 

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    La falta de oxígeno ya es insostenible, ni siquiera puedo andar. Sólo soy capaz de buscar un aire que no llega. ¡Me ahogo, me ahogo, me ahogo! Es terrible, sólo existe el miedo, el terror, el pánico. A pesar de aumentar la presión de flujo, la obstrucción pulmonar impide la entrada de aire a los…al pulmón. No puedo moverme, he quedado inmóvil. Todo mi cuerpo esta envarado, intento alargar mi cuerpo lo más posible hacia el cielo, dominado por la angustia pienso que cuanto más arriba más aire. Ya no rezo, hace tiempo que no ruego oxigeno. La tensión me crispa de tal manera, que cuando la tortura termina me quedo, agotado, sudoroso y pálido.
Estoy a punto de ingresar en el hospital. Cosa que me desespera más, si cabe, que estar enfermo. Porque a lo uno se le suma lo otro, aumentando el sufrimiento. Es muy duro, una suma de pérdidas. Pero que, como un efecto dominó, arrastra otras muchas. Lo que peor llevo es la convivencia, compartir espacio con desconocidos, especialmente el baño. He sido compañero de muchos tipos de personas.Todo un abanico de caracteres, edades y oficios. Los menos previsibles fueron un enterrador, y un cura. Todo un muestrario del ser humano. Unos resultaron ser bellísimas personas, otros insufribles. Recuerdo uno que no me dio ni siquiera la opción de compartir habitación. La enfermera encendió la luz para meter mi cama que venía de urgencias, de repente oímos un chillido espeluznante acompañado de una avalancha de graves improperios, intercalados por ¡apague! La voz agresiva que nos urgía a quitar la luz, a base de palabrotas y tono grosero; venía de mi supuesto compañero. La enfermera, repuesta a duras penas del inesperado e incomprensible comportamiento, contraatacó y empujo mi cama con determinación. Pero quedo clavada en el sitio porque yo a la desesperada la retenía sujetándome al marco de la puerta. Por lo que la confusión del broncas y la enfermera fue total. Su asombro quedo resuelto cuando dije, “ahí yo no entro, ni hablar. Me niego a quedarme a solas con ese individuo” En ese momento la enfermera cambio de combatiente y se olvido del gruñón, para enfrentarse a mi, “esto es lo que hay, son las normas,” pero le di poca batalla presentándole un ultimátum,” o me cambia de habitación o pido el alta voluntaria”. Vacilo un momento y acabó cediendo. En otras circunstancias me hubiera dicho “usted decide” Pero ella misma me justifico su cambio de actitud diciéndome “es que los cojos tienen mal carácter”. Eso dicen, dije yo asustado todavía de tan bélico recibimiento. A lo que ella puntualizo; en realidad, le han cortado la pierna entera.

 


Termómetro

Domingo, 8 abril, 2007

De momento lo dejamos aquí.

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Estoy enfermo y el malestar me impide escribir, pero vuelve que mejorare.


Contador de pinos

Miércoles, 28 febrero, 2007

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A lo largo de todas las estancias hospitalarias he tenido que convivir con muchas personas. En una sola semana puedes pasar por varios compañeros distintos, a si que acabas conociendo a muchas pacientes de todas las edades, tipos y caracteres. Recuerdo uno de edad avanzada, y buena planta. Educado, reservado, y discreto. Compañía ideal para un amante de la tranquilidad y cierta soledad como yo. Aunque recibía algunas visitas; eran escasas y cortas. Su soledad no me hubiese llamado la atención (ya que es el mal de los enfermos), a no ser por la forma tan patética de manifestarse. Se pasaba las horas sentado frente a la ventana que daba a una pineda. ¿Le gusta mirar los pinos? -le pregunte un día -No, es que cuento – me contesto. Al mirarme la cara para responder se dio cuenta de que no le entendía. Cuento los pinos, uno por uno. Lo hago todos los días para pasar las horas. La tristeza que me provocaron sus matemáticas me impidieron preguntarle como se las arreglaba para llevar la cuenta. Tampoco le pregunte cuantos llevaba, pues el día que me fui con el alta, el seguía contándolos. Cuando yo era niño, enfermaba a menudo. Mama tenía mucho trabajo en casa y sólo podía hacerme compañía por momentos. Las horas eran eternas, y mi forma de llevar la soledad era algo similar a este señor: miraba las paredes. Entonces la moda era empapelarlas, y mi método de pasar las largas horas consistía en seguir el contorno de sus estampaciones con la vista, dibujando todas sus líneas con mucha esmero. Era un trabajo infinito, ni la más larga convalecencia hubiese conseguido poner fin a tan tediosa tarea.